Maestros novatos

El aprendizaje en un ámbito digital presenta diversas características marcadamente diferentes al entorno físico de un aula. Se le preguntó a un grupo docente en una universidad privada sobre su experiencia enseñando de forma virtual y se encontró como resultado un conjunto de respuestas que podrían englobarse en tres palabras: «diferente», «distante» o «exigente». Al parecer, un profesor que ha enseñado presencialmente durante toda su carrera -lo que merece ser aplaudido enormemente-, al dar una clase virtual, ha perdido gestos, signos no verbales e índices de feedback que le brindaban autoconfianza y seguridad. Y, por otro lado, lo que ha ganado son dudas sobre su nuevo rol como enseñante. Es decir, se genera un colapso de las señales de regulación social claves en el arte de enseñar, señales que le confirmaban que alguien, al otro lado de la pantalla, comprendía sus mensajes.

Los programas de enseñanza virtuales llegaron con muchas ventajas prácticas para beneficio del aprendiz. Se incorporaron recursos multimedia de forma protagónica para todas las neurodiversidades, se facilitaron espacios sincrónicos que evitaban largos -e innecesarios- desplazamientos, se propiciaron cambios en las formas de evaluar y se fortalecieron las metodologías de enseñanza para asegurar estudiantes motivados. Sin embargo, se perdió de vista un elemento que es usualmente desconsiderado en los análisis instruccionales universitarios: la relación docente-estudiante en el aula.

Esta omisión no es casual: responde a cómo la universidad ha concebido históricamente la enseñanza. Para muchos pedagogos, la relación es un aspecto relevante por las implicancias que tiene en el desarrollo de los niños y adolescentes que aprenden en el colegio. Algunos expertos en mediciones psicométricas la incorporan como dimensión por el peso que tiene como facilitadora del aprendizaje. Pero en el espacio universitario esto no es así. Los sesgos de status quo y de la medición exclusiva -solo importa lo que puede cuantificarse- han marcado la tendencia ayer y hoy: la creación de programas educativos con metodologías rigurosas organizadas por competencias ha dejado para el final la relación como un elemento a considerar para la enseñanza.

Esto ha significado que, en la universidad, los profesores sean maestros digitalmente novatos. Expertos en sus respectivas disciplinas, de repente incómodos, fastidiados o inseguros de su propio oficio. Evidencia de ello serían los «problemas técnicos» durante los cursos o las incómodas preguntas sin respuesta por parte de la audiencia, síntomas que luego se convierten en acusaciones sin sentido o acciones testarudas por mantener lo que siempre ha funcionado.

La respuesta institucional, previsiblemente, siguió la misma lógica. Para enfrentar esta brecha, se optó por brindar un centenar de cursos para mejorar las capacidades digitales de los docentes, pero nuevamente se observó todo desde una óptica de mejora de procesos industriales y no desde una mirada humanista y contextual. No se pensó en la motivación ni en la identidad profesional. No se consideró que los aprendices son, en su gran mayoría, digitalmente expertos y resultó más desafiante enseñarles a un grupo de jóvenes -amantes de los atajos y de las mejores recompensas con el menor esfuerzo- que subestimaban las evaluaciones porque podían ver la grabación en x2, podían ver videos en YouTube que consideraban más atractivos o -peor aún- podían revisar resúmenes de las clases online gracias a la inteligencia artificial.

¿Qué hace a un maestro un maestro? Un maestro es maestro en la medida en que sea capaz de convertir a un aprendiz en un maestro. Y esto, aunque no sea sorpresivo para ti, querido lector, implica una relación. Tal vez artificial, debido a los intereses del aprendiz, pero relación al fin y al cabo. Implica entender las virtudes del aprendiz y guiarlo a convertirse en alguien con las capacidades necesarias para cumplir el rol que cumplirá al egresar de la universidad. Y una relación requiere comprensión: entender la cultura del entorno virtual y aprovecharlo para beneficio del proceso de aprendizaje. Al final, ser un maestro novato no es más que el inicio de un nuevo camino de conocimiento y maestría; es el paso necesario para ser un maestro maestro.